Guerras, crisis sanitarias, accidentes colectivos, catástrofes naturales… no son titulares abstractos. Son experiencias profundamente dolorosas que alteran vidas, comunidades y sociedades enteras.
Sí, puede que «sólo» las veamos a través de una pantalla, pero el hecho de que no las vivamos de forma directa no significa que pasen de largo por nuestra experiencia emocional. En este sentido, muchas personas describen una sensación difícil de encajar. Empiezan a sentir cansancio mental, inquietud constante, saturación, o esa impresión difusa de que el mundo pesa demasiado.
Tiene sentido preguntarse qué efecto tiene sobre nosotros vivir tan expuestos al sufrimiento global.
Cuando la amenaza parece no dar tregua
El cerebro humano no está diseñado para procesar sufrimiento global en tiempo real y de manera permanente.
Nuestro sistema nervioso responde a señales de amenaza repetidas. Y hoy esas señales llegan con muy pocas pausas. Noticias continuas, imágenes impactantes, actualizaciones constantes y redes sociales que nos mantienen conectados prácticamente a cualquier hora.
En este contexto pueden aparecer fenómenos como el doomscrolling. El término describe esa tendencia a seguir consumiendo noticias negativas, aunque notemos que nos hacen sentir peor.
También puede aparecer algo conocido como fatiga por compasión, que se refiere al desgaste emocional que puede surgir cuando permanecemos expuestos durante mucho tiempo a historias de dolor, amenaza o pérdida.
Y a veces ocurre algo especialmente desconcertante. Notar que “ya nada me impacta”. No siempre es indiferencia. En ocasiones puede ser una forma de anestesia emocional ante el exceso.
No se trata de ignorar la realidad
Aquí merece la pena hacer un matiz importante.
La cuestión no suele estar en elegir entre mantenerse informado o vivir ajenos a lo que ocurre. Tiene más que ver con cómo, cuánto y desde qué estado psicológico consumimos información.
Porque estar permanentemente expuestos a noticias amenazantes no siempre nos vuelve más conscientes. A veces simplemente nos agota, nos deja hipervigilantes o con menos capacidad para sostener lo que sentimos.
Elegir cuándo mirar también puede ser una forma de cuidado
En este sentido, puede ayudar introducir algo parecido a ventanas de desconexión.
Éstas no van a consistir en negar la realidad ni en dejar de interesarnos por ella. Tienen más que ver con recuperar cierto margen de elección. Elegir cuándo acercarnos a la información para que no termine ocupando cada espacio mental que tenemos disponible.
Reservar momentos concretos para informarse. Reducir la exposición automática. Priorizar fuentes fiables frente al consumo compulsivo. Evitar, en la medida de lo posible, cerrar el día atrapados en una cadena infinita de malas noticias.
No como evitación. Más bien como una forma de regulación.
Volver a aquello que sí podemos sostener
Cuando convivimos con amenazas grandes e inciertas, es fácil quedar atrapados por aquello sobre lo que no tenemos capacidad real de influencia.
En algunos momentos puede ayudar detenerse en una pregunta sencilla: ¿Sobre qué sí tengo cierta capacidad de influencia?
Y es que, a veces lo que ayuda es volver a lo cercano. A cuidar aquello sobre lo que sí tenemos cierto margen de influencia. Nuestro descanso, la manera en que nos informamos, nuestros límites digitales, los vínculos que sostenemos o el entorno inmediato que habitamos.
No porque lo demás no importe. El avance de un virus en otro continente, una guerra o una crisis humanitaria siguen importando. Pero el sistema nervioso necesita recuperar cierta sensación de orientación y capacidad de acción para no quedarse permanentemente atrapado en la impotencia.
Recuperar pequeñas pausas psicológicas
También necesitamos experiencias cotidianas que envíen al cuerpo un mensaje básico: «Ahora mismo estoy a salvo».
Caminar sin estímulos constantes. Una conversación tranquila. Una comida sin pantallas. Actividades corporales sencillas.
No como productividad emocional ni como obligación de “gestionar mejor” lo que sentimos. Más bien como una forma humana y necesaria de regulación.
Mantenerse informado puede ser un acto de responsabilidad. Cuidar nuestra propia salud mental también.
Tal vez el desafío no consista en apartar la mirada del mundo, sino en encontrar maneras de permanecer conectados a lo que ocurre sin perder, en el camino, el contacto con nosotros mismos.
Comparte con quien crees que puede necesitarlo:

