Regular las emociones no es dejar de sentirlas, como solemos creer

Seguro que alguna vez has escuchado, o incluso te has dicho a ti mismo, frases como “venga, no te pongas así”, “tienes que ser fuerte” o “no dejes que esto te afecte”.

Una de las confusiones más frecuentes cuando hablamos de regulación emocional es pensar que regular significa dejar de sentir.

Como si gestionar bien una emoción implicara reducirla, taparla o hacerla desaparecer cuanto antes.

Pero no es eso.


Entonces ¿Qué es regular?

Regular una emoción no es reprimirla. Tampoco es ignorarla, ni distraerte constantemente o intentar controlarla a la fuerza. De hecho, muchas de estas estrategias pueden funcionar a corto plazo, pero a medio plazo suelen aumentar el malestar.

Regular tiene más que ver con sostener lo que aparece sin que te desborde, pero sin hacer como si no estuviera.

Una emoción puede ser intensa y, aun así, estar regulada.

Esto suele sorprender. Estamos acostumbrados a asociar regulación con calma, pero no siempre van de la mano. Puedes sentir enfado, tristeza o miedo con bastante intensidad y, aun así, no actuar de forma impulsiva, no hacerte daño ni dañar a otros, ni evitar sistemáticamente lo que te cuesta.

Ahí empieza a haber regulación.


Algunos elementos que forman parte de regular

  • La capacidad de observar
    Regular empieza muchas veces con una pausa. Notar que algo se está activando en el cuerpo, identificarlo y poder ponerle nombre.
    Ese nudo en el estómago, ese calor en el pecho…
    Nombrar lo que pasa ya introduce algo de distancia. Por ejemplo, “esto que siento es decepción”.
  • La validación sin juicio
    Implica permitir que la emoción ocupe su espacio. Entender que sentir miedo, tristeza o rabia tiene un sentido biológico y también en tu historia.
    No eres débil por sentir. Eres humano.
  • La tolerancia al malestar
    Todos tenemos un margen en el que podemos procesar el estrés. Regular es aprender a identificar cuándo te estás acercando a ese límite y usar herramientas para volver a un estado en el que puedas pensar con más claridad.
  • La respuesta, no la reacción
    La regulación te permite elegir qué hacer con lo que sientes. No se trata de no sentir enfado, sino de decidir cómo expresarlo de una forma que encaje contigo.

Entre la emoción y la conducta

Esta distinción es importante. Sentir algo no obliga a actuar en consecuencia.

Entre la emoción y la respuesta hay un espacio, a veces muy pequeño, en el que puedes decidir qué hacer con eso que sientes.

No siempre es fácil acceder a ese espacio, especialmente cuando la emoción es intensa o estás cansado o saturado. Pero poder ampliarlo, aunque sea un poco, cambia muchas cosas.

Regular también implica tolerar cierto malestar.

Por ejemplo, notar que estás enfadado y decidir no responder a un mensaje en caliente.
O sentir miedo y no evitar algo que es importante para ti.
O estar triste y permitirte estarlo sin aislarte del todo.

No se trata de hacerlo perfecto ni de no desbordarte nunca.

Se trata de ir construyendo una forma de relacionarte con tus emociones en la que no tengas que luchar contra ellas ni dejar que decidan por ti en automático.


Un proceso, no una meta inmediata

La regulación emocional no es un interruptor que se enciende y se apaga. Tampoco es una solución rápida.

Es una habilidad que se cultiva con paciencia y, muchas veces, con acompañamiento terapéutico.

Aprender a regular implica también reconciliarte con tu propia vulnerabilidad. Entender que las emociones son brújulas, no obstáculos.

Cuando dejas de luchar contra lo que sientes y empiezas a prestarle atención, la intensidad puede ir bajando por sí sola, porque de algún modo ha sido atendida.

Regular tiene que ver, en última instancia, con cómo te tratas. Con ir ajustando poco a poco la forma en que respondes a lo que sientes.


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