Dormir bien también es cuidar la salud mental

Cuando hablamos de sueño, solemos pensar sobre todo en la sensación de descanso al día siguiente. Dormir bien nos permite concentrarnos mejor, tener más energía o sentirnos más despejados. Sin embargo, durante la noche ocurren procesos menos visibles que también forman parte del funcionamiento habitual del organismo.


El cerebro no se “apaga” mientras dormimos

El cerebro no se apaga cuando dormimos. Durante el sueño continúa activo, aunque de una manera distinta a la vigilia. De hecho, algunos procesos relacionados con el mantenimiento y la regulación del propio sistema nervioso parecen intensificarse precisamente durante el descanso.

En los últimos años la investigación ha descrito un mecanismo conocido como sistema glinfático, que está relacionado con la glía, un tipo de células del sistema nervioso que participan en distintos procesos de regulación cerebral.

De forma simplificada, este sistema contribuye a la eliminación de productos de desecho metabólico que se generan durante la actividad diaria. Aunque todavía se trata de un campo de investigación relativamente reciente, distintos trabajos sugieren que este proceso parece activarse con mayor intensidad durante el sueño (Reddy & van der Werf, 2020).

Esto no significa que el cerebro solo funcione correctamente si dormimos “perfectamente”, ni que una mala noche tenga consecuencias graves. Pero sí refuerza la idea, señalada por la investigación desde hace tiempo, de que el sueño cumple funciones importantes más allá del descanso subjetivo.


El papel del sueño profundo

También sabemos que no todas las fases del sueño son iguales. A lo largo de la noche alternamos distintos estados, algunos más ligeros y otros más profundos.

Es precisamente en los momentos de sueño profundo cuando parecen activarse con mayor intensidad algunos de estos procesos de mantenimiento cerebral.


Sueño y bienestar psicológico

En la práctica clínica, el descanso suele aparecer como un elemento transversal. Personas que consultan por estrés, ansiedad o dificultades emocionales a menudo refieren también problemas para dormir: como dificultad para conciliar el sueño, despertares frecuentes o sensación de descanso insuficiente.

A veces el sueño se altera como consecuencia de lo que ocurre durante el día; otras veces, dormir mal termina influyendo en cómo nos sentimos o en nuestra capacidad para afrontar determinadas situaciones.

Por eso, aunque cada situación es diferente, suele ser útil prestar atención a algunos hábitos cotidianos que pueden favorecer un descanso más regular.


Algunos hábitos que pueden favorecer el descanso

Algunas pautas sencillas que pueden ayudar a mejorar la calidad del sueño son:

  • Mantener horarios de sueño relativamente estables, intentando acostarse y levantarse a horas similares siempre que sea posible.
  • Reducir la exposición a pantallas antes de dormir, especialmente durante la última hora del día.
  • Crear una pequeña rutina nocturna, con actividades tranquilas que indiquen al cuerpo que el día está terminando.
  • Cuidar el entorno del dormitorio, procurando que sea un espacio oscuro, silencioso y con una temperatura ligeramente más fresca (aprox. 16–19 °C).
  • Evitar actividades muy estimulantes justo antes de acostarse, especialmente aquellas que implican una alta activación mental o emocional.

No se trata de aplicar normas rígidas ni de buscar el “sueño perfecto”.

Dormir mejor suele ser el resultado de pequeños ajustes sostenidos en el tiempo, más que de cambios drásticos de un día para otro.

Prestar atención al descanso puede ser una forma sencilla —y a menudo olvidada— de cuidar el equilibrio psicológico en la vida cotidiana.


Referencia

Reddy, O. C., & van der Werf, Y. D. (2020). The sleeping brain: Harnessing the power of the glymphatic system through lifestyle choices. Brain Sciences, 10(11), 868. https://doi.org/10.3390/brainsci10110868

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